Quitando breves periodos duermo solo desde siempre. Adoro eso casi tanto como lo que ahora no hay y no importa: la animación afuera, de niños, compañeros, una pareja solo si se llama Ana o Tic.
Vivo a tres cuadras de este paseo y vía obligada para manifestaciones y a otras tantas está lo que casi por reglamento emplean los campamentos populares. Conozco la zona hace medio siglo, pues el sindicalismo combativo tiende a reunirse aquí. Y eso significa, otra vez, bochinche, gente que se lleva duro y es muy cálida con quienes quiere.
No nací barrio, desgraciadamente, digo, aunque disfruto la comodidad.
A pocos minutos en bici está mi antiguo falso barrio bohemio, luego convertido en antro cada día más alternativo, pues la comunidad gay, sobre todo femenina, lo da por suyo. Revisarlo a cinco o diez kilómetros de velocidad es ¡otro pedo!, jeje.
Me siento frente a la ventana que copia el encuadre del cine nacional en sus tiempos gloriosos.
Cuando niño, primero me destinaron un cuarto gigantesco y apenas poblado, con ventanal a la avenida, perfecto para jugar, y después el que nuestro pequeño jardín recogía. Mis dos hermanos mayores dormían ayuntados, jeje. Podía pasar la vida recordando esos espacios de luces y ambientes sonoros encantadores.
Belarmo, cuyo acompañamiento es discrecional, rabia si ve que escribo sobre nimiedades personales, como ahora.
En ausencia le receto un Jodete, por el cual...
-¡Ay!
Pondré una cursilería.